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Sunday, December 10, 2006

La nueva esclavitud
dom, 12 de noviembre de 2006EL NUEVO DIA / VIDA Y ESTILO
Por: Lizely López


Las múltiples sinfonías provocadas por las máquinas de café expreso guían a los empleados del Café X como el flautista de Hamelín. Hipnotizados por el tedio, corren contra reloj, taza tras taza, bocadillo tras bocadillo y uno que otro libro. El tiempo parece conspirar contra los nuevos esclavos del siglo XXI. Una esclavitud totalmente diferente a la que leemos en los libros de historia. Esclavitud diferente a aquella que incluye el tráfico de niños para prostitución, diferente a la que emplea hombres, mujeres y niños en trabajos forzados en lugares hacinados y en fábricas de países en vías de desarrollo que pagan menos del salario mínimo.
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Esta nueva esclavitud está disfrazada de dignidad, de GAP, Nike, Ralph Lauren, minivans, carros híbridos, teléfonos móviles, y de clase media. Hombres y mujeres en edad laboral que día a día corren a sus trabajos. Trabajos cuyo salario no están a la par de la inflación, los intereses de las hipotecas y de las tarjetas de crédito. Empleados que sin importar la profesión o el oficio que realicen, hacen una plegaria por recibir horas extras. Esclavos que después de salir de su primer empleo van al segundo y al tercero deseando que el día de veinticuatro horas sea más largo para obtener una cuarta entrada. Están marcados con el carimbo de la mala nutrición, el estrés y la alta presión, y el café es el suero que los mantiene vivos para enfrentarse a su rutina hipnótica.
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Sus rutinas comienzan con las primeras notas disonantes del reloj despertador al salir el alba. Tratando de ignorar este aparato abren sus ojos enrojecidos. Lentamente se levantan y arrastran sus cuerpos hacia el baño para tratar de lavar el cansancio y los sueños atrasados. Sus mentes aún entumecidas piden a gritos el aroma de ese líquido negro que calienta e inyecta los pistones cerebrales. En modo automático corren a la cocina a preparar la fiel taza de café negro cargado, para luego partir. Atados por el tráfico deciden adelantar trabajo, arreglar las agendas y hacer par de llamadas en sus automóviles. En el ínterin, reciben un sinfín de llamadas que recargan su agenda y les roban el poco tiempo que tienen para respirar. Aceleran… luz roja.
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Paran… luz verde. Finalmente todos llegan a su destino. Unos a la oficina, otros a las megatiendas, las escuelas, los restaurantes, los cafés. Todos en sincronización letárgica se afanan para obtener la anhelada retribución semanal o quincenal, que se esfuma como el vapor. ¿Acaso pueden disfrutar de lo que han ganado? ¿Pueden ver el sobrante de su sudor? ¿Pueden respirar sin pensar en lo efímero que es su empleo, aunque estén disfrazados de bachiller, maestría y doctorado?
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Hora de receso….
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Todos salen en estampida. Algunos a restaurantes, cafeterías o algún lugar oculto donde nadie les puede robar la única hora del día que merecidamente les pertenece. El minutero agarra velocidad, es casi hora de entrada. Apresuradamente se tragan los bocados de comida para nuevamente continuar con sus labores. Se acerca la hora pico y con ella se amontona el agotamiento. En momentos como éstos recurren a su mejor aliado: la cafetera blanca llena con el preciado líquido negro; bebida caliente y aromática a la que atribuyen cualidades casi resucitadoras. Luego de la infusión, prosiguen las labores hasta que el minutero, con su movimiento parsimonioso, hace su parada en la hora que todos anhelan, la de la salida. La hora que representa la abolición parcial de la jornada laboral. Aunque saben que enfrentarán el tráfico infernal, el mero hecho de llegar a ese "santuario" llamado casa, libre del cacicazgo del jefe y de las arpías llamados colegas, compensa cualquier obstáculo que haya en la carretera. Finalmente, después de la procesión automotriz adornada de gesticulaciones, expresiones coloridas y malabarismos, llegan a su lugar de destino.
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La llegada al hogar no prefigura un cese de actividad. Más bien, significa ese espacio pequeño que con dignidad y autoridad pueden declarar "suyo". Sin embargo, al llegar al hogar todos tienen un sinnúmero de faenas por realizar: lavar platos, cocinar, cortar la grama, atender a los niños, hacer tareas académicas, terminar uno que otro reporte laboral, etc. Toda otra tarea hogareña que no se pueda realizar antes de las doce de la madrugada quedará pospuesta para el día siguiente o se compartirá con el fin de semana. La rutina esclavizante se repite hasta llegar el viernes.
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Llega el fin de semana y el esclavo se siente liberado. Es preciso hacer cuanto se pueda, ya que el sábado y el domingo se escurren como granos de arena. Durante el fin de semana algunos duermen hasta las doce del mediodía, otros madrugan para no malgastar ni un solo segundo. Las tiendas por departamentos se inundan de consumidores que después de una semana ardua de trabajo devoran artículos electrónicos, de belleza, primera necesidad y ropa. Aunque saben que estarán apretados de presupuesto tras comprar como dementes, se consuelan diciéndose a sí mismos "yo me lo merezco". Aparentemente, el salirse de presupuesto y comprar hasta la saciedad se ha convertido en una muestra de amor por el tiempo perdido con los seres queridos.
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La esclavitud moderna, disfrazada de clase media, pone una sonrisa temporera en los rostros de aquellos que en la ilusión de brindar a sí mismos y a los de ellos un mejor porvenir, dejan la piel y el alma en el lugar de empleo y en el bolsillo de los cobradores. Las casas de cuatro cuartos con dos baños y medio, los dos o tres carros, los celulares, las tarjetas de crédito y las comodidades, todo se acumula sobre las espaldas de ese grupo de gente que quiere vivir más, vivir mejor. Como el ciclo del agua, mientras unos esclavos descansan otros continúan sus faenas esclavizadas. Durante la semana unos cumplen con sus labores interminables y, en el fin de semana, los empleados del Café X, hipnotizados por el tedio, rinden servicio a aquellos que aprovechan sus dos días de esparcimiento para luego volver a comenzar labores y reintegrarse a la nueva esclavitud del siglo XXI.
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La autora es estudiante de comunicaciones.

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